Llegó como una suerte de consuelo mientras hacía servicio en el pabellón de
quimioterapia en el hospital. Todo aquello había sido para mi cruento y desconocido, el enfrentamiento y
debate diario por seguir existiendo, quizá no en la mejor forma, pero existir.
Tenía en aquel tiempo como encomienda diaria acercarme a los pacientes
mientras recibían su tratamiento en aquel pabellón, y simplemente charlar, o
estar allí para lo que necesitaran. Conocí múltiples historias que aún quedan
grabadas en mi memoria, y que quizá por lo trágico nunca hubiese querido haberme
enterado. Existí en aquellos meses en un mundo que hubiese preferido haber
ignorado hasta perecer. Pero no fue así.
En una de aquellas charlas, mientras recibía tratamiento de forma
parsimoniosamente) para mi asombro) de uno de los pacientes, llegó la
recomendación.
R ¿has leído la Montaña Mágica?
Por su puesto me di a la tarea de darle lectura en los próximos días
En resumen, (probablemente quede en deuda con Thomas Mann y con aquel
hombre) la Montaña mágica fue una metáfora de lo que se vivía por aquellos días
en aquel pabellón, gente en un recóndito sanatorio enfrentando a la muerte,
gente cara a cara disputando una batalla sin cuartel o trinchera con la muerte.
Camillas ocupadas, de súbito vacías, lutos temporales, mejoras, recaídas.
Pienso en aquello a menudo, como un recuerdo que hubiese preferido no haber
vivido, pero con la excepción de la grata remembranza las personas que en esos
momentos estuvieron, que hoy en día desafortunadamente ignoro si sigan, tal como
probablemente ellos ignoren mi existir.