En el estanque mi abuelo solía tener un viejo cardumen de pirañas, no
servían para nada, pero siempre allí estaban perpetuándose, tragándose unas a
otras, cumpliendo con su horario laboral; de lunes a viernes sin distingo
madrugaban, las unas iban a la escuela, las otras al trabajo, las que eran abrahámicas
dedicaban los días sábados a el culto a dios, las católicas una hora los
domingos, las musulmanas eran las más devotas y disciplinadas.
A pesar del estanque ser homogéneo si las analizabas bien, podrías
percatarte de que entre ellas se dividían. Vivían y se agrupaban en ciertos
sectores, hoy en día lo recuerdo sin acertar a ciencia cierta a qué se debía su
taxonomía.
Sin importar a qué se dedicaran o qué profesaran, de alguna u otra forma,
siempre se les veía en guerra. Llegaron incluso a desarrollar tecnología
autóctona y rudimentaria, ejemplo de ello fueron los filamentos fabricados con
dentadura de las especies caídas en guerra que usaban a su vez como prótesis
dentales con la finalidad de tener ataques más letales.
“Somos dioses para ellas” dijo mi abuelo un buen día en medio de un
atardecer veraniego. Están domesticadas, no tragan algo más allá que sea de su
misma especie.
Ese día introdujo su mano en medio de aquél pequeño universo de criaturas embravecidas.
Yo había mirado películas, documentales que hablaban de la fiereza de las Pirañas,
por lo tanto esperaba lo peor al momento de que mi abuelo sacara la extremidad
que minutos antes había introducido. Cuál fue mi sorpresa, estaba absolutamente
intacta.
Pasaron los años y fui haciéndome viejo, aquél cardumen fue súbitamente
dejando de interesarme, un día falleció mi abuelo y con él también aquél
estanque.
A menudo pienso en cuán similares son a nosotros aquellas pirañas.