sábado, 25 de enero de 2025

Cardumen

 

En el estanque mi abuelo solía tener un viejo cardumen de pirañas, no servían para nada, pero siempre allí estaban perpetuándose, tragándose unas a otras, cumpliendo con su horario laboral; de lunes a viernes sin distingo madrugaban, las unas iban a la escuela, las otras al trabajo, las que eran abrahámicas dedicaban los días sábados a el culto a dios, las católicas una hora los domingos, las musulmanas eran las más devotas y disciplinadas.

A pesar del estanque ser homogéneo si las analizabas bien, podrías percatarte de que entre ellas se dividían. Vivían y se agrupaban en ciertos sectores, hoy en día lo recuerdo sin acertar a ciencia cierta a qué se debía su taxonomía.

Sin importar a qué se dedicaran o qué profesaran, de alguna u otra forma, siempre se les veía en guerra. Llegaron incluso a desarrollar tecnología autóctona y rudimentaria, ejemplo de ello fueron los filamentos fabricados con dentadura de las especies caídas en guerra que usaban a su vez como prótesis dentales con la finalidad de tener ataques más letales.

“Somos dioses para ellas” dijo mi abuelo un buen día en medio de un atardecer veraniego. Están domesticadas, no tragan algo más allá que sea de su misma especie.

Ese día introdujo su mano en medio de aquél pequeño universo de criaturas embravecidas.

Yo había mirado películas, documentales que hablaban de la fiereza de las Pirañas, por lo tanto esperaba lo peor al momento de que mi abuelo sacara la extremidad que minutos antes había introducido. Cuál fue mi sorpresa, estaba absolutamente intacta.

Pasaron los años y fui haciéndome viejo, aquél cardumen fue súbitamente dejando de interesarme, un día falleció mi abuelo y con él también aquél estanque.

A menudo pienso en cuán similares son a nosotros aquellas pirañas.

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